Es difícil hablar de Muñoz Seca, tan presente y tan vivo en nuestra memoria. Parece que le estoy viendo y, sin embargo, qué dura es la amargura de haberle perdido.
Conocí a Muñoz Seca y Pérez Fernández en el Teatro Apolo de Madrid, donde ellos estrenaban con frecuencia.
Yo era violinista en la orquesta donde ganaba cuatro pesetas —¡qué cuatro pesetas!— y solía ensayar los coros.
Un día me atreví a decirle a Pérez Fernández si querían dejarme un libro para ponerle música. Muñoz Seca, a pesar de su simpatía, me daba miedo con aquellos bigotes...
Habló Pérez Fernández con Perico, y poco después, mi deseo se vio cumplido y me entregó el libreto de La hora del reparto, que fue nuestra primera colaboración.
Después... El número 15, El rey nuevo, Las inyecciones, y tantas otras, para culminar en La orgía dorada, a cuyo estreno, que fue un éxito, acudió S. M. El Rey D. Alfonso XIII, que sentía verdadera admiración desde el principio por todo cuanto escribía Perico Muñoz Seca.
A borbotones surgen hablando de Muñoz Seca, aunque no quiera, las anécdotas. Recuerdo un banquete en Molinero, no sé a quién. A la hora de los brindis, entre bromas y veras, los asistentes entusiastas recalcitrantes de la oratoria que en todos estos actos hay, piden ¡que hable Guerrero!, y Perico se levanta rápido y grita: ¡Que no hable! ¡Que no hable! Que va a decir que ha nacido en Molinero.
Así era Muñoz Seca. La alegría de una época perdida en sus mejores momentos de fecundidad.
Se habla hoy, como siempre, de crisis teatral. Sin embargo, estoy convencido de que lo que hace falta es que la gente ría, como se reía con las obras de Perico. Hoy se ríen menos.
Es curioso pensar que hasta la crítica tuvo, sin darse cuenta, un gran acierto al llamar astracán al teatro de Muñoz Seca, que quiere decir, para mí, teatro de gran valor, el más caro de todos, y si no, que le pregunten a cualquier marido si hay algo más caro que el astracán.
Fue Muñoz Seca el gran amigo de todos —autores, actores y empresas— y siempre tuvo abierto su corazón y su palabra de aliento a cuantos a él se acercaban.
Como músico, como colaborador, como amigo y como Presidente de la Sociedad de Autores de la que él fue gran entusiasta, hoy le lloro de corazón, como sé que le lloran todos los autores, actores, empresas y buenos españoles, a quienes no cegó jamás la envidia, arma fratricida que le dio la muerte...